Ellos se marchan

Cara sin vida
puerta de barro
ellos se marchan de aquí.

Cierro mis ojos
muerdo mis labios
ya nada puedo decir.

Cinta ceñida
piernas y manos
sólo los veo partir.

Cierro mis ojos
callo mis labios
alguien se atreve
a pedir.

Sólo silencios
nada me han dado
nunca
principios ni fin.

Semilla del olvido

Yo he plantado junto a mi olvido
   una pequeña y oscura
   semillasemilla de vacío.

Ella emerge de mi cuerpo
   se alimenta con el frío
   y se peina los cabellos
   con mis ojos.
   Semilla del olvido.

Y yo me quito la cara
   y yo me pongo la ropa
   le abro grandes las alas
   hasta que sellen mi boca.

Semilla negra
   de miedo contenido
   de ruidos presentidos.
   Semilla sin mañana.
   Recuerdo del olvido.

Paula E.

  Amenazado

 amen

El caballero herido.

Su paso malgastado

transitando tardío

suburbios de dolor.

 

Como un as escondido

esquinas de pecado

se te quedan grabados

retazos del amor.

 

Y detrás de los ojos

de apagadas tormentas

a fuerza de silencios

se te calla la voz.

 

Descolgadas siluetas

te pasan por al lado.

Sólo resta la queja

de ese tallo sin flor.

 

Paula E.

 

 

 

 

 

 

 

Cómo volverse un espantapájaros

 

En principio hay que secarse. Por dentro. Despacito. Comenzar por ignorar las palabras de aliento, las risas ingenuas, los sueños infantiles.
Tomar una porción de espanto y colocarla en el pecho, justito al lado del lugar del asombro. Así, muy lentamente las raíces pesadas de las cosas siniestras irán ganado espacio, aniquilando sueños, miradas que sonríen, el olor de la lluvia y los globos de los chicles. Nada será casual, entonces.
Luego, se van anudando una a una las injusticias hasta formar un collar delgado que ajuste pero no ahorque y se lo coloca en el cuello a la espera de nuevas oportunidades que acrecienten el tamaño del nudo.
Dar un salto hacia atrás- si es posible dos- lo suficiente como para borrar los recuerdos felices. No quedarse demasiado en esa zona, porque se corre el riesgo de la añoranza y los recuerdos son traicioneros, hasta pueden hacernos revivir nuestra dicha.
Si esto llegara a suceder, bastará con tomar distancia de los hechos y repetirse a sí mismo a toda voz: “Esto no me pasó, esto no me pasó” varias veces. Podrá parecer un poco absurdo y hasta podríamos ser tildados de dementes pero eso es preferible antes que atravesar el pánico que dan los recuerdos adosados y felices.
Entonces, una vez seca la zona de la dicha, se mezclan dos o tres deseos tontos como el de “superar las expectativas” y el de “rendimiento adecuado”. Se colocan delicadamente detrás de las orejas como para no oír otra cosa en todo el día.
Así será mucho más fácil. Si llueve o hay tormenta, si los niños te piden girar en calesitas, asaltar las hamacas, jugar a la rayuela. Nada de eso será posible.
Oídos sordos, sueños suprimidos. Tan sólo una distancia larga e infinita y estaremos a un paso de no cruzar más la cerca. La que abierta, rota, escarchada, le enseñe a los demás a desflecar la risa hasta hacerla tan ancha que no entre en la boca.
Pero un espantapájaros no sabe de jazmines. El solo se contenta con ahuyentar alas azules en los campos de invierno. Lástima por sus ojos que miran hacia adentro.
Por sus piernas ancladas y su espanto de vidrios astillados.
No tiene lugar para nidos.
Más allá de los sueños, en un rincón pequeño, para volverse un espantapájaros hace falta algo más: ir borrando uno a uno los nombres de las cosas. Todas y cada una. Que pierdan su color y su sentido hasta que un día sea posible no recordar ni como nos llamamos.

A mi abuela…

Abuela que se duerme

 

Ella, para quien los tiempos se han detenido,para quien la vida es una sucesión de circunstancias etéreas nunca prestas a cambiar, sucumbe.Le dice adiós al percal, al charol, se despide de sus interminables sombras plagadas del olvido de ese hombre terreno que le partió la sangre y la dividió, llenándola de hijos. Les dice adiós sin irse:

-Vengan,vengan por mí, ángeles serenos de la madrugada oscura- repite y no lo logra.

La vida se le detuvo, se le quedó parada,mirando de reojo en minutos torcidos,mientras volaban los días, las noches,las memorias.

-Quiero atrapar al ángel que me puebla-dice sin hablar,apenas pestañando.Yo le adivino los ojos y la miro. Ahora es más mía que antes.

Sólo yo la adivino. Y ella me cuenta, sacudiendo las sombras y las tormentas que su cerebro acusa, que va y que viene en una marea profunda y se pierde con las olas de cristal entre planetas de telaraña.

-¡Abuela despertate, vamos…!

¿Cuál es el nido que tus alas salpican para no despertar y tampoco dejarnos?¿Hacia dónde te vas danzarina del viento, hermana de las hojas, de los hilos casuales que te arroja el silencio?

No hace falta que hables, ese mundo es perdido aquí, entre nosotras.

Los niños se te acercan, te regalan cariño y vos no tenés ojos para verlos.

Apenas estirás los dedos decididos, temblorosos y secos,pero tuyos, tan tuyos.

Les tocás la cabeza, ellos te recitan palabras inconclusas. Vos les das su sentido.